Gestos

    12.12.2004 @ 05:13h.    Enlace para trackback

Ayer volví a acompañar a Neme a la estación de tren, eran algo más de las nueve de la mañana, y allí, entre la gente, llamó mi atención una pareja de treinteañeros que llevaban al que posiblemente sería su hijo (de apenas 3 o 4 años) “a ver los trenes”.
Nadie se despidió de ellos, ni parecía que esperaran a nadie, así que eso es lo que me hizo suponerlo.

Cuando ya me quedé sólo en el andén, observé como el padre se colocaba con su retoño junto a la cabina, levantándolo en brazos para que viera el interior a través de la diminuta puerta abierta. El conductor había hecho el relevo, y ahora uno nuevo empezaba a acomodarse en su interior colgando cuidadosamente la chaqueta sobre el respaldo del asiento.

De repente todos nos sobresaltamos, el tren acababa de soltar el estrepitoso bocinazo que auguraba su partida, y el padre sonrió al niño diciéndole en tono tranquilizador “¡¿Has visto como pita el tren?!”. Finalmente se puso en marcha, y la pareja comenzó a agitar las manos como señal de despedida, animando así al pequeño a imitarles: “¡El tren se va! ¡Dile adiós! ¡Dile adiós!”.

Mientras el ferrocarril se alejaba en el horizonte, caí en la cuenta de una nueva pareja, a apenas un par de metros, que repetía exactamente el mismo ritual junto a su niño. Ellos parecían inmigrantes (creo que ecuatorianos), y entonces la escena me embargó por completo.

- “¡El tren se va! ¡Dile adiós! ¡Dile adiós!”

Era una fotografía que bien podría ganar un premio (por eso me gusta llevar siempre la cámara encima, aunque no a las nueve de la mañana), una fotografía adornada con la mirada perdida -casi alucinada- de los críos, y con cuatro adultos agitando sus manos con forzado entusiasmo. Imaginé como quedarían grabados esos precisos fotogramas en las mentes de los pequeños, me sentí afortunado por haber formado parte de ellos (al menos como figurante), y por un instante creí entenderlo todo y me odié por aquellos momentos en los que habían pasado pensamientos de índole racista por mi cabeza.

Obviamente la historia de ambas parejas sería muy diferente, obviamente sus raíces culturales y/o geográficas quedaban muy lejanas, pero ese instante volvió a recordarme que, en definitiva, todos somos exactamente iguales. Un mañana cualquiera convertida en una mañana mágica y especial.

A mi también me llevaron de niño “a ver los trenes”.

 

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