De boda
27.09.2004 @ 03:04h.
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No soy amigo de este tipo de rituales, siempre opto por rechazar las invitaciones, o en última instancia, por acudir tan sólo a la misa o el banquete; porque las bodas, como tantos otros eventos sociales, me resultan tremendamente incómodas y aburridas. Lo siento.
El caso es que la de ayer era una boda distinta, se casaba una de las mejores amigas de mi novia, y claro, resultaba difícil encontrar una excusa sólida y convincente. Así que me tocó apechugar.
Dejé claro que yo no quería llevar traje, además de tener que comprarlo supone un verdadero fastidio llevarlo, y como a estas alturas de Septiembre todavía hace calor en Murcia, logré convencer a Neme de las virtudes de un buen -y funcional- conjunto de camisa y pantalón. Sabía que iba a resultar difícil convencerla también de la inutilidad de la corbata (esta sí que la odio, como casi cualquier elemento que represente protocolo o cumplimiento con lo establecido), así que tuve que resignarme y llevar una. Por si fuera poco, no me dejó elegir la del Pato Lucas o Mickey Mouse.
Con las prisas, al final no conseguimos realizar un nudo de corbata en condiciones, y ya en los exteriores de la iglesia casi todo el mundo estaba demasiado ocupado en ir de boda como para detenerse a echarme un cable. Terminé por guardarme la corbata en el bolsillo.

Durante la homilía, un cura simpaticón, guionista frustrado del Club de la Comedia, sacó una bolsa del Carrefour y regaló un par de quitamanchas a los novios (para ayudarlos a combatir futuros problemas), unos bolígrafos Bic (para que llevaran las cuentas del matrimonio) y no-se-qué emblema de los franciscanos (para hacer un poco de promoción de su orden). Tras la misa, un cura más estándar tomo el micrófono y empezó a ladrar a los asistentes las vicisitudes técnicas habituales: “¡Salgan de aquí echando leches! ¡Las felicitaciones en la puerta! ¡No armen jaleo!”. Era uno de esos curas que dan a entender que la Iglesia es realmente la casa de un ogro malvado que se pone de muy mala hostia si al llegar se encuentra en su salón a un puñado de fieles más contentos de lo católicamente correcto. Obviamente, ese supuesto ogro no tiene ni idea de que el cura anda realquilando la casa a sus espaldas.
Una vez casados los novios, y antes de acudir a la cena, Neme y yo escapamos unos minutos para consultar en Internet como realizar un nudo de corbata medianamente sencillo, y ese fue el Windsor. Adjunto a este post distintos tipos de nudos a fin de evitar futuras situaciones similares.
El cocktail y posterior banquete resultaron, en dos palabras: Im-presionantes.
La recepción de los invitados se realizó en unos jardines decorados con antorchas y guirnaldas en los árboles, dónde una legión de camareros finamente ataviados obsequiaban a los asistentes con bandejas repletas de delicias de todo tipo, y en dónde incluso había lugar para pequeñas pérgolas en las que se freían huevos de codorniz, partían jamones pata-negra, y cosas así. La llegada de los novios incluyó cañón de luz, banda sonora digital y pantalla de vídeo gigante.
En el interior del salón nos aguardaba un menú muy nouvelle cousine (lomos de lenguado rellenos de mus de gamba roja y carre de ternera gratinado con foie, salsa, queso y trufas), en forma de -aparentemente- pequeñas raciones exquisitamente presentadas. La noche transcurrió entre proyecciones en la pantalla de vídeo, actuaciones en vivo, una cortina de fuegos artificiales rodeando el salón acristalado cuando los novios cortaban la tarta al compás del Your song del guapo Ewan McGregor (aunque él, por lo visto, no pudo acudir), y como no, la vital -en este tipo de celebraciones- barra libre.

A eso de las seis de la mañana regresábamos a casa tras la retirada de los novios.
Siguen sin gustarme las bodas, la de ayer incluso me hizo llorar de la emoción (todo un logro, creedme), y estuve continuamente al borde del discjockeyicidio; pero al menos no me moriré sin haberme sentido, por una noche, como una versión más ebria sobria de Ernesto de Hannover en la boda de LetiZia Ortiz.



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