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Las 10 trampas de la escritura

    14.05.2004 @ 03:30h.    Enlace para trackback

A menudo me siento frustrado porque no soy capaz de verter mis pensamientos. Soy consciente de mis carencias y limitaciones a la hora de escribir, me enfrento a ellas a diario, aquí, ante todos vosotros.

La otra noche encontré un interesante artículo en el que se enumeraban los 10 errores más frecuentes en la escritura, y lo cierto es que en él reconocí muchos de mis síntomas. No es el primer ensayo que leo de este tipo, pero quizá si el más completo a pequeña escala. Me explico, sin llegar a ser un intimidatorio pdf, bien podemos encontrar en él algún consejo útil.

Lo que hoy os traigo es una modesta traducción (dentro de mis posibilidades) de ese mismo artículo, aunque he de dejar bien claro que no es precisamente literal. Comprenderéis el reto que supone traducir un artículo que trata de aconsejar a escritores de lengua inglesa, así que he tenido que omitir algunos fragmentos para los que no encontraba aplicación en el castellano. Los ejemplos utilizados igualmente han sido cambiados, porque resulta difícil traducir errores gramaticales y que estos no se pierdan en el camino. No todo ha sido tijera, también he añadido varias cosas de cosecha propia a lo largo del texto.

Con este artículo no trato de enseñar a nadie, a mi me resultó interesante el original, y creí que me podía servir de ayuda. La traducción y el posteo no es otra cosa que un triste intento de grabármelo a fuego lento en el córtex cerebral, para así tratar de tenerlo siempre presente. Si a alguien más le resulta, mejor que mejor.

Y vuelvo a entonar el mea culpa, porque insisto en que cometo gran parte de los pecados que a continuación se enumeran:

1. La repetición
Es uno de los principales males del escritor, que como ser humano tiende inconscientemente a repetir algunas palabras, palabras que saltan al papel y acaban por distraer al lector. Si además la palabra es inusual, la repetición se hará más evidente, así que debemos andarnos con especial cuidado cuando acuñemos palabras especialmente “llamativas”. Las palabras llamativas pueden caer simpáticas la primera vez, pero a partir de la segunda su magia suele disiparse y consiguen que el lector piense mal de nosotros. La repetición siempre pone en tela de juicio nuestros recursos a la hora escribir.

Atentos y con los ojos abiertos: Nada de repeticiones.

Tampoco debemos caer en la repetición sistemática de determinados patrones gramaticales:
“La voz era apenas audible cuando dijo…”, “El tono era firme cuando dijo…”, “Él tenía la voz firme cuando dijo…”, “Parecía Antonio cuando dijo…”, “Juan mantuvo el tono incluso cuando dijo…”, “Estaba mirándolo a los ojos cuando dijo…”

Como cualquier norma, podemos tomarnos ciertas libertades, y al igual que los abogados marcan el ritmo de sus exposiciones recurriendo a repeticiones similares, también nosotros podremos permitirnos el lujo en casos muy concretos. Pero siempre con extremo cuidado, en un escrito largo este tipo de repeticiones será difícilmente perdonable por el lector.

2. Escritura plana
“Él quería saberlo pero no podía entender lo que ella le había dicho, así que espero hasta que estuvo listo para volver a preguntarle que era lo que ella quería decir.”
En este caso la escritura es tan plana (y caótica), que acaba con el interés del lector nada más empezar. No conseguiremos que le importe que es lo que quería preguntarle, o porqué era tan importante para el, el lector sólo andará preocupado por el modo en el que llegar sano y salvo al final de la enrevesada oración. El truco en estos casos radica en aportar profundidad, textura, carácter a lo que tratamos de transmitir.

Casi tan mala como la escritura plana, resulta la escritura “de transición”, que es aquella que parece que esta ahí para rellenar: “Antonio miró el reloj y se pregunto si tendría tiempo para echar gasolina antes de ir a la escuela a recoger a su hijo”. A no ser que la acción de echar o no gasolina sea determinante en lo que estamos contando (imaginemos que el lector sabe de la existencia de una bomba en uno de los surtidores), no hay razón para que perdamos el tiempo escribiéndola (ni mucho menos alguien leyéndola). Si A tiene que ir a B, dejémonos de paradas triviales en el frigorífico para tomar un sándwich.

La escritura plana es un síntoma de que hemos perdido el interés en lo que estamos escribiendo, o incluso de que nos hemos metido en un atolladero narrativo. Sucede cuando el escritor esta cansado o ha perdido la inspiración. Cuando notemos que escribimos “plano”, es hora de que seamos nosotros los que hagamos esa visita al frigorífico y descansemos un rato

3. Ser o no ser
Estamos ante un verbo indispensable que debemos andar camuflando constantemente; y es que cuanto más evidente es su presencia, más plana se vuelve nuestra escritura. Un método bastante habitual y efectivo para mantenerlo a raya consiste en retrasar su aparición en la oración: “En la pared, detrás de un panel, al fondo, estaba la pistola”, pero como veis, si no lo hacemos con delicadeza dará la impresión de que transmitimos telegramas.

Si no queremos que este verbo nos fastidie mucho, debemos preparar las oraciones en torno a el, decidiendo de antemano dónde irá ubicado, y construyendo a partir de ahí. Este verbo debe sentirse cómodo, como en casa. No es fácil, pero con un poco de práctica conseguiremos cogerle el truco.

“Movió el panel de la pared y metió la mano tras él. Tocaba algo metálico al fondo. Se inclino aún más. No había duda, era la pistola.”

Esta fórmula tiene sus limitaciones, porque si a continuación se nos ocurre escribir “Fue Bartolo el que encontró la pistola”, el texto podría degenerar muy pronto en una sucesión de “Fue Manuel el que llamó a la policía” o “Julián fue el que dijo de esconderla”. Moderación y ojo, mucho ojo con este verbo.

4. La lista de la compra
“Estaba ensimismada por las rosas, los lirios, el aroma que desprendían, el sonido del arroyo, la brisa del viento, el color del cielo, los altos árboles…”

Ella ensimismada, y nuestro cerebro bloqueado tratando de asimilar dato tras dato.

Si vamos a enumerar varias cosas, procuraremos recurrir mentalmente al escenario en el que se encuentran. Imaginemos la escena tal y como la veríamos, dando énfasis a la ubicación de los objetos o personajes en ese escenario, y su interactuación con el entorno. No importa que enumeremos nombres, adjetivos, o verbos, siempre resultará estático y gratuito si no logramos justificar la presencia de cada uno en escena. Si poseemos muchos ingredientes y no sabemos como transportarlos, entonces lo que tenemos es una lista.

“Él sonrió, luego tosió, tragó saliva, empezó a impacientarse, miró el reloj”. Estático.

5. Adverbios vacíos
Realmente, sencillamente, totalmente, absolutamente, completamente, continuamente, constantemente, continuadamente, literalmente, desafortunadamente, irónicamente, increíblemente, finalmente…

Estas y otras palabras prometen énfasis, pero son usadas tan a menudo que consiguen lo contrario, condenando el significado de la sentencia que las contenga. La prensa las extiende como la peste, pero basta que nos topemos con un par de afirmaciones del tipo “increíblemente popular” o “inmensamente rico” para darnos cuenta de lo huecas y cargantes que pueden llegar a sonar.

“Era, de hecho, la única puerta que realmente se podía abrir de aquella casa”. Dos intentos de enfatizar algo, que consiguen justamente lo contrario. Quitemos “de hecho” y “realmente” y obtendremos una afirmación firme y precisa. Ahorro = Precisión.

En los diálogos, los adverbios vacíos pueden dar la impresión de quedar bien, de sonar a auténticos, pero esto es debido a que se han introducido “realmente” (vaya, hablando del Rey de Roma…) en nuestras conversaciones. Si no nos andamos con ojo con los adverbios vacíos, nuestros diálogos sonaran a discurso, así que mejor prescindir de ellos en la medida de lo posible.

La palabra “realmente” esta de moda, es obvio, pero en la mayoría de las ocasiones nuestras oraciones sonarán más firmes sin ellas. “Realmente, a Antonio no le quedaba ninguna duda”, eliminemos “realmente” y obtendremos limpieza, claridad. “Realmente” intentará colarse oración tras oración, y si no le ponemos límite acabará por inundar el texto.

Otro problema con los adverbios vacíos: No deberíamos utilizarlos gratuitamente para predisponer al lector a lo que debe pensar o esperar de una situación, “Afortunadamente, el reloj se paró” (¿Porqué afortunadamente? ¿No puede ser lamentablemente? ¿Qué papel determinante tiene el reloj en todo esto?)
“Casi inconcebiblemente, la pistola cambió de mano” (¿Cómo que casi inconcebiblemente? ¿Porque cambió de mano? ¿Cómo lo hizo?)

6. Ganas de complicarse la vida
¿“Ella es conocida por su meticulosidad en el trabajo” o “Ella es meticulosa en su trabajo”?
¿“Su actividad consiste en catalogar libros” o “Él cataloga libros”?

Muchas veces nos empeñamos en complicar las oraciones recurriendo al infinitivo, a sufijos, etc. Esto es apto para tarjetas de felicitación y redacciones que tratemos de rellenar de cualquier modo, pero resulta difícil de digerir en textos más extensos.

Hablando de sufijos: Gentil-mente, estúpida-mente, fría-mente… El -mente suele ser bastante habitual, pero su uso perjudica el ritmo de la narración y produce distracciones inútiles en el lector. Podemos permitírnoslo en casos de espontánea genialidad, cuando veamos que su uso esta plenamente justificando (“Odio practicar este tipo de incisiones”, dijo el cirujano cortantemente), pero conviene evitarlo por norma general.

7. Maquillaje
En la mayoría de las ocasiones, los problemas a la hora de escribir se deben a que el escritor trata de expresarse como no lo haría realmente. Dedicamos tanto tiempo a adornar nuestras frases con bisutería, que al final no sabemos ni que es lo que tratamos de contar.

Lo más sencillo es tratar de escribir de manera sincera, sin adornos, tal y como contaríamos algo normalmente: Claro y conciso. Después siempre habrá tiempo de leerlo y reescribir aquellas partes que nos parecen demasiado aburridas, engorrosas o triviales.

8. Diálogos
Utilizar diálogos para desarrollar una trama no da buen resultado. Los diálogos solo deben ser usados para aportar cosas al lector que, de otro modo, no podría llegar a conocer.

Los diálogos ofrecen datos acerca de los personajes, que el escritor no puede transmitir a través de la descripción. Carisma, timidez, irreverencia, sarcasmo, cosas que solo el personaje puede mostrar y el escritor no puede contarnos. Si no fuera por los diálogos, estaríamos siempre “dentro de la cabeza” de los personajes.

En los diálogos es importante saber señalar las diferencias entre los personajes, otorgando una naturaleza a cada uno que les haga expresarse de manera individual, única. Podemos conseguirlo tratando de interpretar mentalmente el rol de cada personaje por separado: Siéntete él, sé él, escribe como él, y olvídate de como lo haces tú.

Procuremos evitar palabras o giros “de moda”, es fácil caer en ellos cuando se escribe un diálogo y actúan como “fechas de caducidad” para el subconsciente, consiguiendo que en poco tiempo el diálogo suene a desfasado.

Y cuidado también aquí con las repeticiones:
“Aquí tienes los documentos”, dijo Pepe. “Si estos son los documentos, me temo que no hay más que hablar”, contestó Manolo.
Seguro que hay formas más atractivas de desarrollar la conversación.

9. Comas y ortografía
La mayoría de las frases complejas requieren el uso de comas. De cuando en cuando podemos permitirnos romper las reglas, pero no podemos prescindir de las comas sólo porque busquemos añadir tensión, acción, o no nos guste la pausa que producen en una sentencia.

“Lorenzo corría escaleras arriba y mirando hacia el suelo se dio cuenta de que tenía desatado el cordón de uno de sus zapatos pero no podía parar o le acabarían atrapando así que decidió que se lo ataría cuando estuviera a salvo en el tejado.”

Esto es lo que sucede cuando un autor cree que omitiendo comas puede hacer que la narrativa suene emocionante. Pero lo que logra es que se vuelva pesada y confusa.

Los signos de puntuación están para usarlos, y si no sabemos cuando hacerlo, esto se hará evidente en nuestra escritura.

En cuanto a las falta de ortografía, hoy día resultan difícilmente justificables, y tal vez deberíamos evitarlas por una mera cuestión de orgullo. Quien más y quien menos tiene acceso a correctores ortográficos, diccionarios on-line, etc. Usémoslos, porque no hay nada peor que una falta de ortografía, y nada distrae más en un texto. Y además, seamos realistas, en algunos casos hasta pueden restar credibilidad a lo que hayamos escrito. Es un injusto precio que hay que pagar.

10. Muestra, no cuentes
Si decimos “Era fuerte y vigorosa”, estamos contando. Pero si decimos “El trabajo en el gimnasio había hecho de ella una mujer de anchos hombros, espalda prominente y grandes brazos.”, entonces estamos mostrando.

Atractivo, apuesto, fabuloso, fuerte, poderoso, hilarante, estúpido, fascinante, exuberante, deslumbrante… Son todo palabras que “dicen” al lector como debería pensar. No son reveladoras por si mismas, no abren caminos, no describen hechos o datos específicos sobre la persona o evento descrito. Además, con algunas de estas palabras nos pasará como con los adverbios vacíos: Si abusamos de ellas terminarán perdiendo su significado.

“A pesar de superar la treintena, su gran belleza natural permanecía intacta. Nunca en su vida había tenido la necesidad de arreglarse el pelo, siempre liso, o de maquillar su delicada piel rosada.”

Imaginamos lo que el escritor trata de decirnos, pero no de manera clara. Como escritores debemos mostrar lo que queremos decir con auténtico detalle. No pretendamos que nuestro trabajo lo desempeñen clichés como “belleza natural” o “delicada piel rosada” ¿Cómo era exactamente esa “belleza natural”? ¿Cómo de delicada era su piel? ¿Cómo de rosa?

Peor aún: “Las facciones de Miguel eran vulgares, aunque quizá en algún momento llegó a ser considerado guapo. Ahora vestía una cazadora negra, y unos vaqueros desgastados, que le otorgaban cierto atractivo. Su cabeza rapada destacaba aún más su cara redonda.” ¿Alguien puede imaginarse a este tipo? Sabemos que tiene la cara redonda y la cabeza rapada, pero no es mucho ¿Cuantas personas podrían encajar en esta descripción? ¿No hay nada que lo haga único? ¿Que son “facciones vulgares”?

Debemos recrearnos en el rostro, en los ojos, en las manos, en los gestos, en los detalles… ¿Qué nos llamaría la atención del personaje anterior si nos lo encontráramos en la calle? Sólo cuando logremos que el lector pueda visualizar el cuadro que tratamos de pintar, estaremos mostrando, no contando lo que “deberían” ver.

 

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