Gordito

La última vez que pasé por aquí fue para despedir a un felino. No era mi intención volver de este modo, nada menos que 6 años después, pero creedme que lo necesito. Estoy devastado y escribo esto, por un lado, intentando que me sirva de bálsamo en estos días tan duros y, por otro, para rendir homenaje a la memoria de Gordito. No quiero olvidarlo jamás, no quiero que se vaya, y espero que esto me ayude de alguna forma.

Apenas llevo un puñado de palabras y mis ojos ya se han empañado.

Gordito, junto a sus dos hermanos, apareció en nuestro jardín una mañana del mes de Mayo, hace ahora aproximadamente siete meses. Su madre, una guapísima gata negra callejera que solía rondar nuestra parcela y aprovechaba la más mínima oportunidad para pedir comida, los trajo durante la noche y los colocó concienzudamente frente a la puerta de nuestra cocina. Debían haber abierto los ojos apenas horas antes, y constantemente buscaban ser amamantados por su madre.

Uno o dos días después, su madre desapareció. Eran habituales sus desapariciones esporádicas, posiblemente para hacer la pertinente ronda por el resto de casas del barrio, pero aquella vez no regresó y sus gatitos (dos machos y una hembra) se quedaron solos en el jardín, huérfanos, frágiles, y sin apenas saber mantenerse en pie.

Desde ese momento mi mujer y yo nos hicimos cargo como buenamente pudimos. Viendo que su madre no regresaba, mi primer gran triunfo vino el día después cuando conseguí, con algo de esfuerzo, que dos de ellos comieran un pienso de gatitos remojado en algo de leche también especial. Mi mujer se anotó otro gran tanto: Que Gordito (por aquel entonces Blanquito) también comiera. Se mostraba orgullosa, y con motivo, puesto que yo no lo había logrado.

Los días pasaban rápido, cada vez se les veía más grandes y fuertes, y Blanquito pronto comenzó a ganarse el sobrenombre de Gordito. Aún comiendo las mismas cantidades que sus hermanos, Gordito estaba transformándose en una preciosa bola mullidita. Su pelo, blanco durante las primeras semanas de vida, se iba convirtiendo en una mezcla entre gris y marrón, formando un coqueto antifaz alrededor de sus magníficos ojos azules y creando aros de diferentes tonos en su majestuosa cola. Su cuello era muy corto, y empezaba a parecerse a un gato disfrazado de mapache, o a un mapache disfrazado de gato. A veces yo lo llamaba Mapachito.

Descubrimos que, a diferencia de sus hermanos, él era siamés. El siamés más guapo que había conocido en mi vida. Por lo visto una hembra puede quedar preñada por distintas razas al mismo tiempo y, mientras sus hermanos eran muy similares entre sí (negros con la parte inferior blanca), lo único en lo que él se parecía a ellos era en las ganas constantes de jugar, comer, y dormir. A su hermana, que era sin duda la más cariñosa, la llamamos Gremlin debido a su carácter extremadamente inquieto, atrevido, curioso; y más especialmente por un característico mechón blanco en mitad de su espalda negra. Su otro hermano, pese a ser el más asustadizo y dependiente de los tres (maullaba desamparado si en algún momento perdía a sus hermanos de vista), consiguió que nos refiriéramos a él como “el malo” desde el primer día, ya que se volvía intratable cuando había comida de por medio: Gruñía a sus hermanos y hasta era capaz de arrearte un zarpazo si te descuidabas. Mi mujer dice que no lo defienda, pero creedme si os digo que también él es un amor cuando llega la noche, se acurruca a tu lado, y hace ruiditos mientras duerme.

Gordito, además de gordito, era también muy particular en otros aspectos: Bebía grandes cantidades de agua, y lo hacía con tal fruición que se podía escuchar en toda la casa, algo que nos hacía reir. Otra cosa que me hacía reir mucho era que, cuando yo picaba cebolla en la cocina, él siempre acababa estornudando. Alguna vez le decía a mi mujer: “¡Quédate, ya verás como estornuda!”, y en cuanto ella se iba desesperada porque empezaban a llorarle los ojos y él aún no estornudaba, ahí que lo soltaba. Luego ella, bromeando, decía no creerme cuando se lo contaba.

Gordito siempre era el último en abandonar los platitos a la hora de comer, rebuscando entre los de sus hermanos para ver si había quedado algo, y también gustaba de dormir mucho y bien, estirado y con la cabeza colgando desde el sofá. Pese a su gran apetito, y a diferencia de sus hermanos, jamás intentó arrebatarnos la comida a mi mujer o a mi cuando cenábamos (como mucho podías ver aparecer su cabecita redonda, al otro lado de la mesa, moviendo los bigotes y poniendo la mirada bizca mientras olisqueaba tímidamente el borde) y, lo que es más curioso, jamás sacó sus garras o mostró mal genio alguno por mucho que lo incomodáramos. Yo disfrutaba especialmente cuando lo cogía entre mis brazos, lo ponía panza arriba, y empezaba a frotarle la barriga. Era como un gran peluche calentito. Cuando él empezaba a cansarse de tanto frotamiento, se limitaba a girar la cabeza e intentar escabullirse. Era un buenazo, y mi mujer y yo lo adorábamos.

Recuerdo que una mañana desapareció misteriosamente. En aquellos días, en pleno verano, les dejábamos pasar prácticamente todo el día en el jardín (nunca abandonaban su perímetro y pedían entrar a casa cuando ellos querían), y supe que algo andaba mal cuando me encontré a sus hermanos nerviosos y sin parar de maullar llamándole. Yo, preocupado, me vestí, salí a buscarlo por el barrio, y lo encontré asustado, hecho una bolita, en un muro a algunas casa de distancia. Sospeché que se había perdido, y cuando lo cogí entre mis brazos su alivio fue más que evidente. Nunca más volvió a irse.

Una vez se desató una repentina tormenta veraniega mientras ellos estaban en el jardín. Diluviaba, y sus hermanos corrieron empapados a refugiarse en la cocina. Gordito no, Gordito se quedó inmóvil, aterrorizado, petrificado bajo la lluvia y con cara de circunstancias, hasta que llegué yo armado de chubasquero y lo metí en casa. Así de especial era a veces.

Últimamente su gran envergadura comenzaba a acarrearle algunos problemas. Seguía la misma dieta que sus hermanos (pienso y algún extra de vez en cuando), así que no podíamos sentirnos excesivamente responsables de su sobrepeso. No llegaba a ser muy excesivo o preocupante (él se mostraba feliz y no había manifestado cambio alguno en su comportamiento), pero sí lo suficiente como para que le preguntáramos a la veterinaria al respecto. Ella nos dijo que podríamos hacerle unos cuantos análisis para salir de dudas, pero que eran caros y no servirían de mucho. Nos insinuó que, de confirmarse alguna enfermedad, poco podríamos hacer al respecto. Con suerte solo sería cosa de su metabolismo.

Metabolismo o no, lo cierto es que no podías dejarle la bolsa de comida a la vista: En cuanto te descuidabas la emprendía a bocados con ella, intentando abrirse paso hasta el pienso.

Como decía, el sobrepeso conllevaba ciertos problemillas, aunque ninguno excesivamente grave: Era muy gracioso verlo entrar por la puerta de la cocina, haciendo verdaderas filigranas para colarse entre los barrotes, y a mi particularmente me encantaba cuando, por las noches, venía a la ventana del salón y aguardaba pacientemente a que fuera yo el que lo bajara al suelo para evitar el impacto sobre sus patitas al caer.

Y bueno.

Lo que viene ahora es duro, muy duro, tanto que aconsejo al lector amante de los animales saltarse los próximos dos o tres párrafos, especialmente si cree que pudieran afectarle. Dios sabe cuánto habría dado yo por poder saltármelos.

Ayer me levanté como cada día y escuché a su hermano (que solía dormir con Gordito en un gran cojín en la cocina) llorando desconsoladamente. Estaban separados de su hermana porque a ésta la habíamos esterilizado hace apenas unos días para evitar problemas con ellos, y les dejaba entreabierta la puerta del jardín para que pudieran salir a jugar o a hacer sus cosas mientras yo dormía. Di una vuelta por la parcela, vi que Gordito no estaba, y asumí que se habría ido a correr alguna aventura, con la ingenua esperanza de que ésta acabaría con un nuevo final anecdótico. Hablé con mi mujer por teléfono y le conté que Gordito había desaparecido, terminé de preparar la comida (no sin asomarme de vez en cuando a llamarlo para ver si así volvía), y apenas veinte minutos después me vestí con la intención de salir a buscarlo por el barrio.

Cuando estaba a punto de abrir la puerta del jardín que da a la calle vi fugazmente a Gordito. Estaba recostado bajo el jazminero y, pese a no querer creerlo, me temí lo peor. Apenas pude soltar un entrecortado y lastimero “Gordiiito” mientras me acercaba, a la vez que cualquier atisbo de esperanza que aún albergara en mi interior se desvanecía a un ritmo vertiginoso. Antes había pasado un par de veces junto a él y no lo había visto, algo perturbadoramente representativo de la diferencia existente entre un ser vivo y algo inerte fundido ya con el entorno. Estaba frío, estaba rígido, tenía el pelo ligeramente revuelto, los ojos entreabiertos, y había algunos restos de sangre bajo su boca. Una enorme y negra mosca estaba posada en la comisura de sus labios. La imagen me atormenta desde entonces.

Le pedí a mi mujer, que ya había llegado, que no se acercara. Agarré una enorme bolsa que el viento casualmente había traído hasta el jardín y en ese momento rompí a llorar. Fueron las primeras de las muchas lágrimas que derramaría posteriormente. Gordito, nuestro Gordito, al que María había enseñado a comer, el que estornudaba cuando yo picaba cebolla, estaba muerto. No se había ido a correr ninguna aventura, estaba en nuestro jardín. Me sentí mal por haber dudado de su fidelidad.

De repente, sin avisar, el mundo se había convertido en un lugar mucho más triste y oscuro. Apenas cuatro o cinco horas antes lo había tenido entre mis brazos, comiéndomelo a besos mientras le acariciaba la barrigota.

No pude enterrarlo. Lo dejé en un solar frente a nuestra casa, en la bolsa traída por el viento (como si el universo hubiera sabido de antemano que iba a necesitarla) y cubierto con una enorme rama seca que arranqué de un arbusto cercano. No pude hacer más, yo estaba roto.

A Gordito le gustaba subirse al muro del jardín para calentarse bajo los rayos del Sol. Parecía algo cada vez menos habitual debido a sus problemas a la hora de bajar, pero en más de una ocasión lo encontrábamos ahí, relajado, dormitando, cuando regresábamos a casa. Cierta curiosidad, mezclada con una pizca de ansiedad, se apoderaba de nosotros cuando encarábamos nuestra calle con el coche ¿Estaría Gordito en el muro? ¿Tal vez alguno de sus hermanos? No importaba, ya que cuando nosotros llegáramos a la cocina, ellos ya estarían ahí esperándonos con entusiasmo.

Inicialmente pensé que Gordito podría haber sido víctima de una caída fatídica. Aunque extraña, ya que la altura del muro no supera los dos metros, era una posibilidad a tener en cuenta. No necesitaba bajar los dos metros de golpe, podía ayudarse de otro muro más bajo tal y como hacían sus hermanos, pero Gordito era un poco bruto en ese aspecto y me temo que le hubiera bastado un pequeño sobresalto (tal vez una inoportuna moto pasando a demasiada velocidad) para que se hubiera precipitado hacia el jardín sin pensárselo mucho.

Otra posibilidad que nos consuela un poco más, y por tanto a la que preferimos aferrarnos, es que Gordito no estuviera del todo bien. Por lo visto los gatos siameses suelen ser bastante dados a padecer algo llamado amiloidosis, y no es raro que se manifieste de forma fatal en torno los 8 meses de vida. Sus síntomas son muy dispares, y aunque algunos como la anorexia es evidente que no eran aplicables a nuestro Gordito, otros como el excesivo consumo de agua, la retención de líquidos, o el aletargamiento sí parecían más propios de él. De ser esta la causa de su muerte, su hígado se habría roto de manera espontánea y se hubiera producido una hemorragia abdominal, o quizá fueron sus pequeños riñones los que acabaron fallando de modo repentino. No hubiéramos sido capaces de luchar contra un destino tan injusto.

Desde ayer, la imagen de Gordito me invade a cada momento, me inunda la tristeza, y en demasiadas ocasiones acabo llorando como un niño. Tan solo un día antes había estado durmiendo con él y sus dos hermanos, los tres sobre mi, en el sofá del salón. Para mi, que adoro a los gatos, fue un momento casi mágico, entre otras cosas porque Gordito prefería siempre dormir por separado para poder estirarse bien, dejar su cabeza colgando, y evitar que sus hermanos lo utilizaran como almohada. Ese día fue Gordito el primero en venir y colocarse sobre mi, seguido por sus hermanos casi inmediatamente después. Me sentía uno con ellos, y juntos descansamos plácidamente durante un par de horas.

Sus hermanos lo querían de manera especial, y no era raro el día en el que escuchábamos al “malo” llamarlo desesperado cuando se quedaban en habitaciones distintas. Ahora, apenas día y medio después, sigue llamándole de vez en cuando y me parte el corazón. Ellos dos tenían un vínculo muy fuerte, siempre estaban juntos, dormían juntos, se pasaban el día persiguiéndose y peleando de manera juguetona, y como he dicho, el malo rompía a maullar si en algún momento lo perdía de vista. Él debió estar presente cuando Gordito nos dejó, o como mínimo lo encontraría poco después en la que era una de sus zonas predilectas del jardín a la hora de jugar. Cuando lo encontré llorando en la cocina, no me acompañó al exterior a buscar a su hermano, algo a lo que no había dado importancia hasta este momento pero que resultaba extraño dada su especial relación con Gordito. Y es que él ya sabía, a su modo, que Gordito no volvería.

Pero él, como yo, parece negarse a creerlo, y confía en que aparezca en la ventana en cualquier momento, esperando a que yo lo deposite con cuidado en el salón. Por eso aún lo llama. Y yo con él.

Juro que esta mañana lo vi sobre mi cama, acicalándose, durante unas décimas de segundo.

Estoy tan triste.